Tengo la risa falsa y provoco desconfianza. La verdad es que me da igual. No es algo que me preocupe a estas alturas, bueno, tampoco me preocupó nunca. Mi amigo Juanjo dice que esas cosas suceden porque la timidez se confunde con la seriedad o algo así. Lo repito, me da igual. Eso sí, encontrar a alguien que visiblemente se reía como yo me hizo sonreír.
Que la poesía es cosa de extremos es creíble. Que la lea en los peores y en los mejores momentos de mi vida da que pensar. Pero ¿qué ocurre si sólo en situaciones extremas puedes escribir?, ¿qué ocurre si el autor está condenado al anhelo del dolor como chivo expiatorio de su inspiración? No, la vía escogida no es la correcta, así nunca llegarás a nada.
Sabed
que no hay sed más allá de mis palabras.
Que lo que me falta no es agua,
ni sexo, ni beso,
que lo que me falta
es la letra,
reformulada en teclados,
corrompida en tus ojos.
Y es que ya nada
es igual
y, sin embargo, es lo mismo.
¡(No) Puedo escribir!
A propósito del comentario en el post anterior dejado por Ed. Expuntor, me ha venido a la mente un texto que leí a principios de año y que incluí en uno de mis temas de oposición. Disculpadme que no recuerde dónde lo encontré. El texto decía así:
“Miguel de Unamuno, en El Sentido trágico de la vida, señala que el egoísmo es el punto arquimédico del equilibrio moral, pues se nos ordenó que amásenos a los demás como a nosotros mismos, no a nosotros mismos como a los demás. Concluye Unamuno que el problema estriba en que no nos amamos a nosotros mismos bien. Ya antes, el Zaratustra de Nietzsche recogía esta misma lección: ¡Amad siempre a vuestros prójimos igual que a vosotros, pero sed primero de aquéllos que a sí mismos se aman, que aman con el gran amor, que aman con el gran desprecio!. (AHZ. 3º parte. De la virtud empequeñecedora). Sólo quien se ama convenientemente a sí mismo sabrá cómo amar a los demás y, sobre todo, por qué amarles. Lo cual para Nietzsche NO equivale a dar a los otros exactamente lo mismo que yo quisiera recibir o a tratarlos idénticamente a como me gustaría que me tratasen. Nietzsche suscribirÃía, sin duda, el dictamen antikantiano de Bernard Shaw: NO TRATES A LOS DEMÁS TAL COMO TÚ MISMO QUIERES SER TRATADO; EL GUSTO DE ELLOS PUEDE SER DIFERENTE AL TUYO.
No, no me gusta el chocolate. Y no, no es algo que se pueda cambiar. Tampoco es algo que pueda hacerte entender, ni a ti ni a nadie a quien le guste el chocolate. Lo peor es que es de esas cosas que para el resto de la gente se tornan incomprensibles. “¿Pero por qué no?” Bueno, bueno, y yo que sé. Cuando llevaba encima el estigma de anoréxica entonces la cuestión se volvÃa comprensible y revelaba el tipo de personas que me rodeaban. Es curioso lo difÃcil de aceptar algunas cosas. Ahora trabajo con chocolate, huelo a chocolate, veo comer chocolate y sueño (pesadillas) con chocolate. Afortunadamente, no por mucho tiempo.
El Camino de Miguel Delibes
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